El renacer de la carta erótica

En un mundo de apegos vacíos e inmediatos sería mágico recibir una carta que nos hiciera vibrar.

Hace unos días recordé que Anaïs Nin se ganaba la vida escribiendo ficción erótica personalizada. Indagando algo más a fondo descubrí que sólo tenía un cliente, conocido como “El Coleccionista”. Estamos hablando de mediados del siglo XX, pero ya el XIX fue considerado como el periodo en el cual las cartas y el erotismo se mezclaban con gran elegancia. 

Te cubriré de amor la próxima vez que nos veamos, con caricias, con éxtasis” son palabras de Flaubert. Quien, por cierto, fue uno de los primeros escritores en incluir el erotismo con su novela “Madame Bovary”. También podemos nombrar a Mary Wollstonecraft, más conocida como Mary Shelley, la cual supo liberarse de la dominación a la que sus parejas literarias la sometieron, imponiéndose a ellos y disfrutando la libertad. También podemos nombrar a Emilia Pardo Bazán entre otros aunque el rey del erotismo, en esa época, fue James Joyce.

Es bien sabido que el correo ordinario, una simple carta, ha muerto. Actualmente es un momento difícil para los soñadores, aunque hay vida más allá de las Apps de citas. Si leemos alguna recopilación de cartas que los escritores de otras épocas han dedicado a sus más íntimos amores, podemos recuperar la palabra, cautivadora e incendiaria, en una correspondencia más íntima y personalizada. 

Encender la pasión, los instintos sexuales más primarios, el erotismo reprimido en nuestro interior. No hay carta de amor que no esconda cierta lujuria a punto de estallar. Un aspecto importante en el juego erótico de la palabra, por cómo disfraza la realidad,  tiene que ver con la forma en que la timidez puede convertirte en el ser más interesante sobre la Tierra.

Lo realmente importante de las cartas eróticas dedicadas por los escritores a sus amores lejanos era a menudo la ausencia. Actualmente, donde apenas hay sitio para la imaginación, donde Internet nos permite acceder a la pasión con un solo click, parece absurdo evocar a esas épocas no tan lejanas. A veces esa imaginación ofrece más placer que la misma realidad. 

Y volviendo a Anaïs, nuestra protagonista inicial, podríamos preguntarle a Henry Miller, cuando debían separarse, cómo la fuerza de esa ausencia se hacía palabra en cartas que llenaban el vacío que había dejado. En su correspondencia casi puede masticarse la obsesión carnal: 
«Anaïs, cuando pienso cómo aprietas contra mí, cuán ansiosamente abres las piernas y qué húmeda estás, Dios, me vuelvo loco de pensar en cómo serías cuando todo se disuelve. Ayer pensé en ti, en cómo ciñes las piernas en torno a mí, de pie, en cómo se tambalea la habitación, en cómo caigo sobre ti en la oscuridad sin saber nada. Y me estremecí y gemí de placer».
Henry Miller